La vendimia

“Nos eidos, ¡qué alegría!

nas adegas, ¡qué bullas e que afáns!

nos lagares, ¡qué louca algarabía!

     ¡Qué sana toleiría

nas horas dos seráns!”

Eladio Rodríguez González

Como vino se fue.

La vendimia, esa época tan esperada y a la vez tan temida. Ilusión, incertidumbre…. Es gracioso, nos pasamos casi un año deseando que llegue, nerviosos en verano por ver en qué estado entra la uva, por saber si esta cosecha podremos o no hacer un gran vino, y una vez que está aquí… pues bien, cuando llega la vendimia, nada más llenar la primera cuba ya estamos deseando que se acabe. Son días de ilusión, pero también de tensión, de cansancio físico y mental; bipolaridad en estado puro. A veces, cuando el despertador suena bien temprano por la mañana, me siento como Bill Murray en esa película, “Atrapado en el tiempo”… -Buenos días vendimiadores, hoy es el día de la marmota…- una y otra vez durante semanas. Desaparecen los sábados y los domingos, todos los días son lunes, pero… cuando acaban sólo puedo pensar en cuánto falta para la próxima vendimia; síndrome de abstinencia en modo bucle.

Hay tantas vendimias, y todas son la misma…

Vendimias familiares, como antaño, en las que el pago son las viandas con las que se premia a los vendimiadores. Vendimias vecinales con el trueque como moneda de cambio, hoy recogemos tu uva, mañana la mía. Vendimias de bodegas grandes y pequeñas, profesionales o artesanas. Vendimias de paisanos y de jóvenes agricultores. De gente curtida en el campo y de Ingenieros superiores. Vendimias mecánicas y manuales, en emparrados, espalderas, vaso bajo… Vendimias que llenan los bolsillos de los jornaleros y temporales; y a las bodegas de materia prima para el resto del año.

Hay mil y una historias y anécdotas, como la de aquella novia que llegó más de media hora tarde a la ceremonia por estar detrás de una retahíla de chimpines esperando a descargar su uva en la bodega en la que iba a oficiarse su boda. O la de aquella mujer que desconociendo que estaba embarazada, y después de nueve meses de encontrarse enferma e hinchada, dio a luz debajo de una cepa en plena vendimia ribeirá a una hermosa niña de nombre Mencía.

La vendimia como medio de vida de unos y refuerzo económico de otros.

Y una vez recolectado, una vez que la uva está por fin en la bodega, empieza el trabajo del elaborador, menos social, más íntimo, muchas veces de mayor reconocimiento. Pero no lo olvidemos, sin uva no hay vino; diría más, sin buena uva no hay buen vino. Ése es el gran mérito, el que diferencia un vino mediocre de uno excelente. Todo se fragua en el campo durante los largos meses desde la poda hasta la recolección, dónde las manos de un viticultor  darán lugar a un nuevo ciclo del vino.

¡¡¡BUENA VENDIMIA COMPAÑEROS!!!