Josefa Álvarez Araújo ‘Morena’: DO Monterrei desde la cuna

La historia de Josefa, labrega a punto de cumplir 60 años, está llena de giros de guión. La conocen como Morena, ya que guarda un gran parecido con su padre Manuel ‘o Moreno’. La primera vez que pisó la viña familiar de As Chas, una pequeña aldea del municipio de Oimbra (Ourense), contaba a penas 15 días de vida. Ese mes de septiembre de 1965, ya acompañaba a su madre a hacer el trabajo en su capazo, y hasta hoy. Josefa ha tejido su vida alrededor del cultivo de la viña de su bisabuelo Eulogio que, siguiendo la costumbre de la época, fue dividida entre sus hijos. De todos ellos, solo Josefa decidió aferrarse a la tierra y cultivarla, convirtiéndose en la guardiana de un legado que trasciende el simple valor material.

JOSEFA

Josefa suena alegre al otro lado de la línea. No se fía del teléfono, porque hay mucha publicidad, pero le sobra sentido del humor. Desde muy pequeña, Josefa se vio inmersa en el mundo de la viña, acompañando a su padre en las labores diarias y absorbiendo los conocimientos ancestrales que se transmitían de generación en generación. Aprendió a injertar las cepas, un proceso que describe con una precisión que revela su profundo conocimiento y pasión por el oficio. Recuerda cómo su padre, un maestro en el arte del injerto, seleccionaba las cepas viejas y robustas, los «patrones», de los viñedos abandonados. Los enterraban durante semanas para fortalecer sus raíces antes de proceder al injerto de la variedad deseada. Este proceso, que combina la sabiduría ancestral con la paciencia y el respeto por la naturaleza, es un ejemplo del profundo conocimiento que Josefa posee sobre el ciclo de la vida de la vid.

En sus inicios, las viñas familiares se cultivaban principalmente para el consumo propio, un reflejo de la autosuficiencia que caracterizaba la vida rural en aquella época. Sin embargo, con el paso del tiempo, la familia de Josefa comenzó a intercambiar sus productos con otros pueblos de la zona. Josefa recuerda vívidamente cómo transportaban el vino y los pimientos en burros a través de las montañas recorriendo el río Búbal, llegando hasta la ‘Baixa Limia’ para realizar trueques con los habitantes de otros pueblos.

‘Recuerdo que mi padre, que nació en 1941, ya hacía las cepas. Aprendía de los mayores. También recuerdo cómo iba a buscar el patrón– trozo de cepa que va enterrado para cultivar una variedad– eran cepas muy antiguas que se encontraban en las viñas de As Chas. Recuerdo de ir con él, llevando unas hachas. Ya con la forma de la hoja sabía cuál era. ¡Era bárbaro! Cuando ya teníamos muchas el patrón lo tenía él en la punta de la leira, para poder hacer los injertos. Usaban una expresión ‘poñelo no choco’, esto es que se enterraba en la tierra 20 días y luego en Semana Santa hacíamos los injertos. No había enraizante, no había nada. Si el patrón no vale, la cepa no da. Limpiábamos las raíces, jugando con la tierra. Era un trabajo duro. No venía ni la gente de Valdeorras a vender, estábamos solos. Cuando empezaron a venir, vendían un patrón que se daba muy bien que se llama El jaque, pero no valía mucho. Mis padres vivieron de la tierra toda la vida, aunque a mí sí que me mandaron a la escuela, primero en el pueblo y luego en Oimbra’.

La Emigración como herramienta para comprar más tierra

En la década de 1970, el padre de Josefa tomó la decisión de emigrar para poder comprar más tierras y expandir las viñas familiares. Esta decisión, común en aquella época, refleja las dificultades económicas que enfrentaban las familias rurales y la necesidad de buscar nuevas oportunidades para mejorar sus condiciones de vida.

‘Dejó a mi madre aquí, yo era muy pequeña. Nos iba mandando dinero, pero el plan era comprar más tierras y volver a trabajarlas’, recuerda Josefa. ‘Trabajábamos con un macho, que se dice aquí, un cruce entra burra y caballo. Teníamos dos en casa. Hoy ya hay tractor y ya puedes tener más extensión, pero de aquella, imagínate. Ya los animales eran un lujo’.

‘Con mis padres, hacíamos muchas variedades, para vender todo a granel. Se vendía todo y más que tuvieras. Ahora trabajamos con 4 o 5 variedades. Cuando era pequeña, eran más de 20. Verdello, que es parecida a Godello pero más menudiña, echábamos Jerez, Montruosa, Reina, Mencía, Araúxa, Grau Negro, Merenzao – que le llamábamos Roquete–… ¡muchísimas! Unas daban muchos kilos y otras daban poco. No es rentable para el modelo de hoy en día. Ahora bien, el vino era bárbaro. Y eso que no le echábamos nada, ni levaduras, ni azúcar…. Se hacía en un lagar, que aún tengo aquí las cubas de mis abuelos, que no entran ni por las puertas de la bodega. Las tuvieron que hacer ellos dentro. Tienen más de 3.000 litros. Bárbaro. No soy capaz de deshacerme de nada, aunque no lo use’.

A pesar de haber estudiado y obtenido un trabajo como administrativa, Josefa nunca perdió su conexión con la tierra. Aprovechaba los fines de semana para colaborar en las viñas, un claro indicio de que su pasión por el campo iba más allá de la simple obligación familiar. Hasta recuerda con cariño ir a echar el estiércol mientras preparaba su FP. Por mucho que su vida discurriese por otros senderos, jamás dejó el campo atrás.

‘Hasta comprábamos as xestas (retama)para poder abonar las viñas, que ahora hay tantas que no hay ni por dónde pasar. Ahora hay que pagarle a los desbrozadores para que nos las quiten de alrededor de las viñas ¡Mira cómo cambió la vida!’, se sorprende.

Tras una década trabajando en Andorra como encargada de cajas en un supermercado, Josefa tomó una decisión que cambiaría el rumbo de su vida: regresar a Galicia en 1998 para dedicarse por completo a las viñas familiares. La decisión, además del amor por sus raíces, la motivó que su hijo Gonzalo sintiera lo mismo, aprendiera gallego y el cuidado de la tierra de la misma forma que todas las generaciones anteriores. Este retorno a sus raíces no fue simplemente un cambio de trabajo, sino una reafirmación de su identidad y una apuesta por el futuro de su familia. ‘Volví porque son de monte’, sonríe Josefa.

La Reestructuración: Una Fusión de Tradición e Innovación

A su vuelta a Galicia, Josefa se enfrentó al reto de modernizar las viñas familiares. Se estaba acometiendo desde 1995 la reestructuración de las cepas. ‘Yo le dije: papá, ¿y si arrancamos las cepas viejas también? Y él me dijo: cuando quieras. Era una pena arrancar los que tenías, pero mi padre era una persona muy comprensiva y confiaba en mí. Así que, en el 98, pusimos la primera’.

Josefa arrancó las cepas viejas y plantó nuevas variedades, adaptándose a las demandas del mercado actual. Este proceso, aunque necesario, fue emocionalmente difícil para ella, ya que implicaba dejar atrás el trabajo de generaciones anteriores. Sin embargo, Josefa supo conjugar la tradición familiar con la innovación, buscando un equilibrio entre el respeto por el pasado y la necesidad de adaptarse al presente.

‘Era dar palos en el agua, porque empezar siempre es complicado. No sabíamos qué hacer, ni qué variedades plantar… Puse tres viñas juntas: una de Godello, otra de Treixadura y otra de Mencía. Hasta que me di cuenta de que era más rentable poner sólo Godello. Y porque me gustaba la variedad, claro. Ahora, en 2024, se están injertando las variedades para godellos. Así que, mira. Pero tengo mucho carácter y mucho temple también, sabía que tenía que salir adelante como fuese’.

A pesar de tener un trabajo ‘de oficina’ Josefa no dudó un segundo en volver al campo cuando pisó Galicia. ‘Al final llevaba 10 años debajo de un jefe. Hacía un día de sol y ni lo veías. Yo quería ser libre. Soy feliz en el campo con mi tractor’, ríe.

Un Legado Compartido: La Pasión por la Tierra se Transmite de Generación en Generación

El hijo de Josefa, Gonzalo, nacido en 1988, ha sido un pilar fundamental en esta nueva etapa. Desde pequeño, Gonzalo mostró un gran interés por el trabajo en el campo, acompañando a su madre en las viñas y aprendiendo los secretos del cultivo. ‘Con 9 años le pregunté que quería por el cumpleaños y me dijo: una eixada (azada) mamá, que tenemos que dejar las viñas impecables’, ríe divertida Josefa. Incluso hoy, a pesar de tener una exitosa carrera profesional en el ámbito de las grandes cuentas, Gonzalo sigue involucrado en el trabajo de las viñas, visitando y ayudando a su madre siempre que puede. ‘Pide las vacaciones para venir a la vendimia’, ríe. Josefa se siente profundamente orgullosa de que su hijo, a pesar de su vida urbana, haya heredado su amor por la tierra y se sienta conectado a sus raíces. Igual que su nieto. ‘Sabe el nombre de todas las viñas, tiene 4 años y viene conmigo a la vendimia con las tijeras’, ríe.

La historia de Josefa no solo se centra en el cultivo de la vid, sino también en el cultivo de un vínculo familiar inquebrantable. Su marido, a pesar de no provenir de una familia de agricultores, ha aprendido a valorar y respetar el trabajo en el campo, colaborando en las tareas que puede realizar. Esta integración familiar en torno a la viña es un testimonio de la fuerza de la tradición y la capacidad de adaptación a los cambios.

El Futuro de la Viña: Un Horizonte Lleno de Esperanza

A pesar de las dificultades inherentes al trabajo en el campo, y una enfermedad que le afecta a los pies, Josefa no tiene intención de abandonar las viñas. Confía en que su hijo continuará con la tradición familiar, asegurando la continuidad del legado que ha recibido de sus antepasados. ‘Él quiere a las viñas tanto como yo, esa es la ilusión más grande que tengo, sé que no van a desaparecer’, dice.

Josefa sólo cuenta con ayuda profesional para prepodar y despuntar. A ella le gusta podarlas a mano con su estuche, dice que ‘hay que tener gusto hasta para ser podador’. Se va con el tractor a las 6 de la mañana y a las 10 vuelve porque el calor comienza a apretar. Vuelve a las 6 de la tarde y regresa bien entrada la noche. Su marido le ayuda los fines de semana – y por la noche a cambiar los aperos– porque es un trabajo que no entiende de días libres. También se enacrga de sulfatar. El resto, se apaña sola, con ayuda de amigos y vecinos. Su madre, que pasa de los 80 colabora atando alambres aún hoy en la viña que ha sido testigo de toda su historia. ‘Cuando puedo, la llevo conmigo. Es una diversión.

La historia de Josefa es un canto a la resiliencia, a la pasión por la tierra y a la importancia de mantener vivas las tradiciones familiares. Es un ejemplo inspirador de cómo una mujer, con esfuerzo y dedicación, ha logrado superar los desafíos y construir un futuro prometedor para ella y su familia.

‘Mis cepas son mías, y vivo de ellas. Y las quiero mucho. No las puedo dejar abandonadas. Le echo los tratamientos… para el año viene otro y las cuido con todo el cariño del mundo. Aunque no tengo sólo yo el mérito por trabajarlas. Juega mucha gente alrededor, desde el Concello, bodegas, extensión agraria… hasta la administración’, finaliza la Morena.